Tener ideas tontísimas es lo más normal y sano del mundo. Si alguien no tiene por lo menos tres ideas tontísimas al día, será por falta de ideas. Las ideas tontísimas no hay que alentarlas, pero tampoco condenarlas.

Estaría bueno, eso sí, tener un filtro a la hora de convertir las ideas en propuestas y así discriminar entre cuáles ideas son tontísimas, cuáles jaladas del pelo y cuáles desarrollables.

A las ideas, antes de convertirlas en propuestas, hay que pensarlas, repensarlas, cuestionarlas, debatirlas y consultarlas. Para eso están los amigos, cuando uno es ciudadano de a pie, y para eso están los asesores, cuando uno es ciudadano de a curul.

Entre la idea primigenia que aparece cuando uno está rumiando antes de dormir y enviar un oficio al ministerio de Educación, tiene que haber un proceso.

No se puede ir por la vida generando iniciativas sin haber discriminado antes si la idea era tontísima o desarrollable.

Hay varios pasos previos deseables antes de presentar una propuesta formal sobre temas relacionados con psicopedagogía, por ejemplo. Uno, importantísimo, sería consultar esa propuesta con una persona experta en psicopedagogía.

Pasar de idea inicial a propuesta formal sin un estudio o desarrollo previo es como intentar saltar del primer peldaño de una escalera hasta el último dando un solo paso; se corre el riesgo de que la rodilla le quede a uno metida en la nariz.

“Mire persona experta- podría decir uno si fuera diputado- se me acaba de ocurrir que la educación de este país mejoraría considerablemente si el estudiantado se rompe un rato el hocico en un ring antes de entrar a clases ¿Le parece que es una idea viable para ser presentada como propuesta al ministerio de Educación?”

Entonces la persona experta, o el asesor, o el amigo o un mono medianamente espabilado, lo miraría a uno, señalaría con su dedo a lo lejos y diría “- ¿Ve ese punto diminuto en el horizonte? Ese es el tarro en el que usted está intentado mear, señor diputado”.

Y uno se daría cuenta de que la idea no era ni desarrollable ni cercana a desarrollable y la desecharía y no pasaría nada. Se tendrían otras ideas, algunas tontísimas, algunas menos malas y algunas desarrollables. Y las tontísimas se seguirían desechando y las desarrollables se desarrollarían y colorín colorado.

Tener ideas tontísimas es lo más normal y sano del mundo. Pensar que cualquier idea, así en crudo, es válida como proyecto, es mediocre y penoso.

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